miércoles, 10 de junio de 2015

La evaluación continua está de moda

En ocasiones, los docentes hablamos indistintamente de medición y evaluación. Pensemos que no es lo mismo medición (conocer la cantidad de algo) que evaluación (apreciar el valor de algo). La medición es previa a la evaluación y proporciona información para poder llevar a cabo la evaluación. La medición es cuantitativa y la evaluación es cualitativa; con la evaluación juzgamos la información obtenida por la medición.

 

Si nos adentramos en el concepto de evaluación, desde el proceso de Bolonia, en el ámbito docente está muy de moda hablar de evaluación continua, pero ¿realmente los docentes tenemos claro lo que implica dicho proceso?

 

Sabemos  que todo profesor debe evaluar la asimilación de conocimientos y el desarrollo de las competencias a alcanzar por el alumno. Para ello, lo adecuado es programar con cierta periodicidad diversas actividades evaluables a lo largo del curso. Pero estas actividades deberían programarse al objeto de facilitar la asimilación y el desarrollo progresivo de los contenidos de la materia a impartir, así como de las competencias a alcanzar. Ahora la clave radica en asumir el papel de orientador, evaluando el proceso de aprendizaje del alumno no solo para sancionar sus resultados, sino, sobre todo, para ayudarle a alcanzar los resultados de aprendizaje esperados, mediante un continuo seguimiento de su trabajo.

 
Con esto quiero decir que la llamada evaluación continua no consiste en programar exámenes de manera continua. Se trata de poder llevar a cabo un seguimiento del progreso del aprendizaje del alumno, y ello conlleva facilitar retroalimentación al alumno sobre su propio ritmo de aprendizaje, para que pueda rectificar sus errores y reorientar su aprendizaje. En definitiva, implica que el alumno asuma un papel más relevante en su propio proceso de aprendizaje.

 

La evaluación es un proceso que debe incluir evidencias variadas y no limitarse a los clásicos exámenes parciales y finales tradicionales. Ello no quiere decir que tengan que desaparecer los tradicionales exámenes finales de curso, sino que no deben de ser los únicos métodos de evaluación existentes. Y, por supuesto, de existir una prueba final de evaluación/examen final, esta deberá estar en consonancia con las actividades propuestas a lo largo del curso.

 
Pero, entonces ¿Cuáles son esas evidencias variadas a los que me estoy refiriendo? Pues ahí los docentes disponemos de un gran abanico de posibilidades: pruebas objetivas de elección múltiple, pruebas objetivas de verdadero o falso, pruebas de respuesta breve, pruebas de desarrollo, pruebas de respuesta larga, pruebas orales individuales, realización de trabajos individuales o grupales, exposiciones de dichos trabajos, presentaciones de temas, realización y presentación de proyectos, memorias de prácticas, informes de prácticas, pruebas de ejecución de tareas (mediante observación sistemática, si son reales, o mediante role-playing, si son simuladas), estudio de casos, etc.

 

En definitiva, la evaluación continua debe realizarse a lo largo de todo el proceso de enseñanza-aprendizaje, iniciándose con la evaluación inicial (o evaluación diagnóstico), continuando a lo largo de todo el proceso formativo (evaluación formativa o de procesos) y concluyendo con la evaluación final (o sumativa).

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